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LAURA RESTREPO. NOVELISTA; «No hay palabras para decir el abandono»

 

Diario de León - España

 

Tras el éxito de su anterior novela, Delirio (Premio Alfaguara de Novela 2004), la reconocida escritora colombiana Laura Restrepo (Bogotá, 1950) publica Demasiados héroes , una novela que en cierto modo está inspirada en su propia experiencia como militante política de izquierda durante la dictadura militar argentina. La obra ofrece una certera visión de los vínculos familiares condicionados por la militancia y se acerca con calidez a las dificultades que tuvieron y tienen los padres que militaron para contarles la historia a sus hijos y explicarles qué es un padre o una madre ausente.

 

E. A.

 

L a primera pregunta es obligada. ¿Qué significa escribir después de Delirio ? ¿El éxito de público y crítica que tuvo esta novela la presionó o la bloqueó creativamente a la hora de escribir una nueva obra?

 

¬—La cosa me viene dividida, una persona es la que figura cuando publica una novela, cada tantos años, y otra la persona que soy, digamos en mi casa, la de todos los días. Las dos no tienen mucho que ver entre sí. ¿Así que a Delirio le fue bien? Pues qué bueno para la autora, pero la otra lo único que sabe es que está en la olla si no empieza de una vez a producir una novela nueva. Y sabe además que tiene que empezar de cero, porque lo anterior no garantiza que la nueva novela salga bien.

 

—Al leer Demasiados héroes uno no puede dejar de pensar que hay mucho de autobiográfico en la historia de Lorenza y Mateo. ¿Qué tanto hay de Lorenza en Laura Restrepo o qué tanto hay de ficción y qué tanto de realidad en la obra?

 

¬—Esa pregunta resulta cómica, porque desde luego todos tus personajes son 100% tuyos, 100% inventados por ti. No sólo Lorenza: todos. Son criaturas tuyas, así se trate de un narcotraficante, una prostituta, un abuelo o un soldado. Son hijos tuyos y en todos estás. Esta Lorenza puede inquietar al lector, en ese sentido porque es mujer, tiene un hijo y militó en Argentina, y yo hice otro tanto. De todas maneras el personaje de Demasiados héroes que más me gusta y al que más tiempo y cuidado le dediqué no es ella, es Mateo.

 

—¿Quiénes son los héroes y por qué son demasiados?

 

¬—La novela no es propiamente un género para contar acciones, sino más bien lo contrario, lo suyo es la dificultad de actuar, de lograr que la acción tenga incidencia en la realidad. Por eso el Quijote aparece como primer personaje novelístico: quiere ser caballero andante y es tenido por loco, arremete contra gigantes y le resultan molinos que lo revuelcan. No tiene las herramientas del héroe de epopeya, su visión de la realidad no corresponde a la realidad exterior. Y sucede que nosotros, los latinoamericanos, tenemos por delante, en cuanto continente, una historia aún cruda, aún por hacer. Nos abruman los hechos, la acción se nos presenta como imposición y necesidad. ¿Cómo contarla a través de las novelas, si como dijimos, ese es el género literario para incapacidad de actuar? ¿Cómo solucionamos ese brete los autores latinoamericanos? Pienso que no siempre bien. En el sentido de que se nos escapa la interioridad de los personajes ante la urgencia de ponerlos a actuar. Hay extraordinarias excepciones, como Onetti… pero no son muchas. Me gustaría releer la literatura latinoamericana buscando las novelas que van dando paso hacia la construcción de la interioridad, en la cual los hechos, el caudal de información sobre llos hechos, no pese por sí misma, sino en cuanto repercuta en la subjetividad. Más que los hechos, la sombra de los hechos, su eco interno.

 

—El Hombre moderno, el que protagoniza toda novela, se vería entonces incapacitado para reconciliarse con el mundo…

 

¬—Toma por ejemplo al personaje de Hamlet. Aunque corresponde a una obra de teatro, tiene todo el perfil de protagonista de novela. Hamlet tiene el mandato de vengar a su padre. El fantasma de su padre le exige vengar su muerte. Ante esto, ¿qué haría un héroe de epopeya, a la vieja usanza? Ir y ejecutar la venganza. En cambio, Hamlet no. Hamlet cae en un Torbellino de dudas que le impiden ejecutar la acción. Resulta interesante compararlo con otras obras del propio Sahkespeare, como Titus Andronicus , que también trata el tema de la venganza. Titus Andronicus tiene que vengar y va, lo hace y se desencadena una cadena de sangre. Y ahí nos quedamos. La acción se consuma, y quizá por eso mismo Titus Andronicus no nos devela las complejidades de la modernidad, como sí lo hace el dubitativo Hamlet. Va un ejemplo genial de la novela contemporánea: Ignatius Reilly, protagonista y antihéroe de La conjura de los necios , de John Kennedy Toole. Encerrado en esa casa con su madre, gordo, obsesivo, perdido en sus fantasías eróticas y en la escritura de unos cuadernos que nadie lee, Reilly no encuentra el camino para conectarse con la realidad. Y así se perfila como un extraordinario personaje de la novela.

 

—Una de las reflexiones más contundentes que usted plasma en Demasiados héroes es la siguiente: «Pasado que no ha sido amansado con palabras no es memoria, es acechanza». ¿Qué ha querido decir?

 

¬—Al hijo no le desespera tanto el hecho de que el padre se haya ido, como que la madre quiera dorarle la píldora e insista en una versión endulzada de los hechos y de la figura del propio padre. Me parece que ahí está el meollo: el conflicto de la novela no es tanto que el padre se haya ido, como que la madre no diga toda la verdad. En los silencios de la madre, se ahoga el hijo. Ahora, ¿cómo puede ella poner en palabras una verdad como es el abandono? No hay palabras para decir el abandono. Los seres humanos pueden cargar con penas, pueden lidiar con tremendos problemas, pero el abandono, para un niño, es demasiado. El corazón no sabe sobreponerse al abandono. ¿Por qué el padre dejó a Mateo? Lorenzana de antemano sabe que por más explicaciones que intente, ese hueco no lo llena nadie. Entonces evita el tema, da rodeos, incurre en eufemismos y en verdades a medias.

 

Con respecto a la frase que tú citas, tiene que ver también con el oficio del novelista. Nombramos no solamente para amansar el pasado: toda realidad que no es traducida a palabras, nos ronda como un fantasma.

 

—Ramón lucha contra la dictadura pero termina desapareciendo a Mateo, su propio hijo, y secuestrándolo para ver si así puede recuperar el amor de Lorenza. Como creadora de este personaje, ¿cree que el padre incurre en los mismos actos despreciables cometidos por la dictadura?

 

¬—Sí, y no. Queda a juicio del lector. Lorenza, la madre, no se atreve a proferir semejante condena sobre quien fue su compañero. En cambio Mateo, el hijo, sí parece intuirlo así. Para el muchacho, de alguna torcida manera sus padres quedaron marcados por el enemigo al cual se oponían. Un enemigo poderoso impone ciertas reglas del juego, aun a quienes lo combaten con todas sus fuerzas y de buena fe. La madre quiere disuadir al hijo de ese juicio temerario, pero el muchacho no puede dejar de ver un cierto símil entre los desaparecidos, y su propia condición de raptado por el padre y alejado a la fuerza de la madre. Ahora, no solamente Ramón, el padre, cae en esas contradicciones. Yo no quería una dualidad fácil de mamá buena y padre malo. La propia Lorenza tiene una dureza tal, que uno se pregunta de dónde sale. Ramón comete un desatino y una crueldad pero al menos es un tipo sensible: llora, siente dolor, es capaz de escribir una carta de amor. No imagino a Lorenza escribiendo una carta de amor. El hijo también presiente que la dureza de la madre es un poco inhumana, y la compara con Mazinger Zeta, un robot. «¿Quién eres tú?», le pregunta.

 

Pesan aquí los silencios que la dictadura impone sobre la sociedad. Quitarse el nombre y asumir una máscara para poder militar sin caer, tiene implicaciones grandes sobre los personajes, que esconden la propia identidad no sólo ante quien los persigue, sino también ante quien los ama.

 

Me interesó trabajar en la novela con la idea de que Ramón y Lorenza, la pareja de enamorados, ambos militantes clandestinos, tienen un hijo pero en realidad saben muy poco el uno del otro. De ahí surge la cadena de malentendidos y desencuentros. Están adiestrados para no preguntar. Por seguridad, no deben hacerlo. El hijo interroga a la madre: «¿Qué estaba haciendo mi padre?». Y ella le responde: «No le pregunté». Ahí tienes otra distorsión impuesta por el enemigo. Para protegerse de él, tenían que hacer las cosas a ciegas. Con un costo personal muy alto.

 

—Lorenza, pues, adopta una actitud tiránica con Mateo al sepultar su pasado en una montaña de verdades a medias. ¿Hay una dictadura del lenguaje por parte de Lorenza?

 

¬—Evidentemente Mateo necesita más de las palabras que Lorenza, que es lo que llamaríamos una mujer de acción. Si uno entiende el término «héroe» peyorativamente, encuentra que Lorenza corresponde un poco a esa categoría: toma decisiones sobre el humo y va y hace las vainas, sin preguntarse mucho. Siente que el exceso de preguntas inhibe y entorpece la acción.

 

—En Demasiados héroes , uno se entera de cómo vivía Lorenza durante la dictadura. ¿Logra Lorenza vivir sin la dictadura?

 

¬—Como mínimo sabemos que fuera de la dictadura no logra hacer perdurar esa relación afectiva que Ramón y ella han entablado, basada en buena medida en la complicidad contra la dictadura. Cambia el panorama político y ellos descubren que ni siquiera se conocen mucho. Los mecanismos de defensa y agresión que han generado contra la dictadura, los voltean el uno contra el otro. Y aquí empatamos con otra respuesta, que te daba hace un momento, sobre cómo el enemigo te marca, aunque estés en sus antípodas.

 

—Hablemos un poco sobre la culpabilidad de la madre. ¿Por qué siente Lorenza tanta culpa por los sufrimientos de Mateo?

 

¬—Para Lorenza cualquier sufrimiento de su hijo Mateo, aunque sea por enfermedad o calamidad y no tenga nada que ver con ella, es asumido como culpa. La veo presa de algo que sospecho universal: una madre da a luz un hijo y todo lo que le pasa a ese hijo le cae encima como culpa y como angustia. Por ejemplo, en la novela hay episodios de confrontación entre Lorenza y Mateo por la comida. Mateo no entiende por qué la madre es intolerante e intransigente a la hora de hacerlo comer cosas que no le gustan. ¿Por qué hay tanta presión, como si fuera un problema de vida o muerte? Porque en el fondo Lorenza lo vive precisamente así, como problema de vida o muerte: si su criatura no come, no sobrevive. Hay algo animal en ese impulso. Todo lo que atente contra la supervivencia del hijo, la física o la espiritual, y por lo tanto todo lo que implique dolor o debilidad en Mateo, dificultad por parte de Mateo para sobrevivir y crecer, es interpretado por Lorenza como algo en la que ella falló. Ese mismo mecanismo hace que Mateo culpe a la madre de todo lo que le pasa. Es parte del laberinto psicológico que trato de desenmarañar en la novela.

 

—Sabemos que Mateo, para una tarea del colegio, escribió un perfil de su padre que tituló «Retrato de un desconocido». En dicho texto, Mateo se refiere a Ramón como un «poderoso rey de los venados»…

 

¬—Es una alusión a Bambi , esa bella novela de Félix Salten, para niños pero también para adultos, en la cual se inspiró Disney, y que es mucho más profunda y compleja que la versión de Disney. En ella, Bambi crece con su madre. Su padre está siempre ausente, lo ve apenas como una sombra imponente, allá, al fondo del bosque. Pero hacia el final, cuando el padre ya va a morir, busca al hijo, el joven príncipe de la manada, y le dice «Goodbye, my son, I have loved you dearly»… «Adiós, hijo mío, te he amado entrañablemente». Para Bambi la escena es una revelación: quiere decir que ese padre ausente en realidad siempre lo ha amado y custodiado. Mateo espera una revelación semejante. Su ilusión es que pese a la ausencia, su padre haya estado presente de una manera u otra.

 

—¿Qué papel juegan los hijos de los héroes?

 

¬—Un papel aterrizado y duro, porque son los que menos se tragan el cuento. Aquí vale la pena recordar el epígrafe que tomé de Félix Romeo: «Todo el mundo tiene derecho a pensar que su padre es un buen tipo». Mateo sólo busca un buen tipo, pero su madre pretende entregarle un héroe.

 

—¿Cómo logró la voz del adolescente Mateo?

 

¬—Primero leí de cuanto libro tuve a mi alcance de autores que hablan sobre su propia infancia y su adolescencia, desde Tolstoi hasta Coetzee. Son historias de una intensidad brutal, en la medida en que vienen de quienes al alcanzar la madurez como escritores, miran hacia atrás. Vuelven al principio cuando ya están cerca del final, para cerrar el ciclo. Pero además tengo un hijo a quien le pude preguntar cómo diría un adolescente tal o cual cosa, cómo reaccionaría, qué lo haría enfurecer. La asesoría de mi hijo Pedro fue clave.

 



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