The Wall Street Journal Americas - Por Ángel González y Darcy Crowe
BOGOTÁ— Colombia está coronando una serie de victorias militares contra las guerrillas marxistas con un lucrativo dividendo de paz: la producción de petróleo. Esta semana los líderes internacionales de la industria acudirán a una conferencia —Expo Oil and Gas Colombia 2010— en Cartagena, donde el país mostrará sus recursos petroleros a posibles inversionistas.
Ejecutivos extranjeros del sector de energía están atravesando Colombia comprando proyectos de exploración o yacimientos que estaban abandonados por amenazas de seguridad.
El renacimiento de la industria colombiana del crudo ha llevado a los líderes gubernamentales en Bogotá a pronosticar que la producción de crudo casi se duplicará en los próximos ocho años a 1,5 millones de barriles diarios, similar a la del Golfo de México, lo que alteraría el orden en el liderazgo del sector en América Latina. Mientras que Venezuela y México ven cómo declina su dominio, Brasil y Colombia toman vuelo, ayudados por las inversiones extranjeras.
Hace tan sólo ocho años, la industria del crudo colombiana se encontraba casi en un punto muerto ya que yacimientos como el de Rubiales, en la actualidad el mayor productor del país, eran inaccesibles, al estar rodeados de insurgentes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el mayor y más antiguo grupo guerrillero de América Latina. Las FARC no extraían el crudo, pero establecieron campamentos en áreas remotas donde se encuentran la mayoría de las reservas de Colombia.
"Aquí nadie podía trabajar", dijo Ronald Pantin, director ejecutivo de Pacific Rubiales Energy, operadora del yacimiento.
El entonces presidente Álvaro Uribe comenzó en 2002 una ofensiva militar respaldada por Estados Unidos, que obligó a las FARC a replegarse aún más en las montañas. En la actualidad, compañías como Pacific Rubiales están recogiendo los beneficios. Desde 2007, la producción de Rubiales se ha multiplicado por diez —a casi 20% de la producción total del país— sin que se haya producido ningún ataque guerrillero, dijo Pantin.
"Los ejecutivos petroleros van en carro a cualquier esquina de Colombia y se sienten seguros", dijo Armando Zamora, director general de la Agencia Nacional de Hidrocarburos, la agencia estatal encargada de la concesión de licencias petroleras. El crimen en las grandes ciudades, anteriormente un serio problema para los empleados de petroleras internacionales, también está bajo control. Otra importante vara de medir la seguridad interna —los secuestros— se desplomó 97% durante el gobierno de Uribe, según International Crisis Group, una organización no gubernamental sin fines de lucro comprometida a impedir y resolver conflictos violentos.
"La seguridad en las principales ciudades es la mejor posible", dijo Ali Moshiri, presidente de Chevron Corp. para América Latina y África.
Si bien el tema de la seguridad ya se ha confrontado, la inversión en los recursos de Colombia sigue siendo arriesgada, ya que siempre que se logran grandes ganancias surge el fantasma del control estatal. Es probable que el gobierno conservador recién elegido siga abriendo las puertas a la inversión extranjera, pero "el tema de cómo dividir el pastel nunca va a desaparecer", dijo Jeremy Martin, director del programa de energía del Instituto de las Américas de la Universidad de California en San Diego.
La industria colombiana se ha visto ayudada por una diáspora de ex empleados de la compañía estatal venezolana, Petróleos de Venezuela S.A, o PdVSA. Muchos de ellos fueron purgados tras oponerse públicamente a las políticas socialistas del presidente Hugo Chávez.
El antiguo presidente de PdVSA, Luis Giusti, tras asesorar al gobierno colombiano, fundó su propia compañía para explorar áreas anteriormente inaccesibles, donde considera hay posibilidades de encontrar grandes yacimientos.
"Los ex empleados de PdVSA que se quedaron en Venezuela se están quedando al margen de la industria petrolera", dijo Giusti.
Pantin, uno de los primeros en apostar en que era el momento de invertir en la industria petrolera colombiana, formaba parte del éxodo venezolano. En 2007, su compañía compró el yacimiento Rubiales y trajo técnicos especializados en la extracción de su crudo superpesado, un conocimiento que no existía en Colombia.
Durante dos años, más de 2.000 camiones formaron un "oleoducto sobre ruedas", según Pantin, transportando el crudo por cientos de kilómetros de polvorientas carreteras vacías, hasta que en 2009 se finalizó un oleoducto desde Rubiales.
El botín que supuso Rubiales ayudó a duplicar las exportaciones de crudo de Colombia a Estados Unidos en los últimos tres años. En el mismo período, las importaciones de crudo estadounidenses desde Venezuela cayeron 20%. El gobierno colombiano se ha apresurado a mostrar su agradecimiento. El entonces presidente Uribe concedió la ciudadanía a Pantin y a otros venezolanos del sector petrolero en mayo.
El progreso de Colombia también se debe a la decisión de abrir la industria petrolera local a la inversión internacional, una política que contrasta con las de países vecinos ricos en petróleo como Venezuela, Ecuador y Bolivia, que con su giro hacia la izquierda han limitado el desarrollo privado de sus recursos.
En 2002, para fomentar la inversión de nuevas petroleras nacionales y extranjeras, Colombia redujo las atribuciones internas de la compañía estatal Ecopetrol S.A., creó una agencia de concesión de licencias independiente de su petrolera estatal, y redujo los pagos de regalías que debían pagar al gobierno las operadoras de nuevos yacimientos.
"De no haberse tomado esas decisiones, [Colombia] seguramente hoy estaría importando crudo para cargar sus refinerías", afirma el ex ministro de Minas y Energía colombiano Luis Ernesto Mejía, quien llevó a cabo varias de las reformas bajo la presidencia de Uribe.
El gobierno también está tratando de disipar los temores de que pueda dejar de lado a los inversionistas extranjeros una vez se comiencen a recoger las ganancias del petróleo, algo que hizo a principios de los 90 tras descubrir tres gigantescos yacimientos.
"La última vez que asustamos a las empresas petroleras, surgió una crisis", afirma Zamora. "Todos saben que eso fue un enorme error y el sentimiento mayoritario en el país es que no queremos que se repita".