
El periodista Felix Karrer estuvo dos semanas recorriendo el Caribe buscando historias para un especial sobre Colombia en la televisión suiza (Swiss Nacional TV).
Dijo uno de los señores que me acompañaba en mi viaje a través de la costa del Caribe colombiano: ’lo más extraño es que ni el gobierno ni la guerrilla ni la armada ni los paras ni la corrupción han podido con el pueblo colombiano’.
Si hablo aquí de mis impresiones en Colombia hay que tener en cuenta que soy un inocente. Claro que leo más o menos lo que se escribe en la prensa europea sobre Latinoamérica, pero tengo que admitir que mis conocimientos sobre este país son mínimos. Pero lo que dijo ese Señor me hizo impresión, y después de «sentir» un poco este pueblo durante dos semanas puedo entender lo que me dijo.
Puede ser que el capital más grande del cual dispone Colombia sea su gente. La primera impresión personal que tuve es lo fácil que es hablar con esa gente, lo abiertos, interesados y amables que son (una pequeña anécdota: compré en Cartagena unos dulces a una de esas mujeres en el Portal de los Dulces por 4.000 pesos. Como no estaba acostumbrado a los billetes me equivoqué y di a la mujer un billete de 2.000, otro de 1.000 y otro de 10.000, que es casi del mismo color como el de mil. Me fui sin darme cuenta. Cuando estuve a 100 metros del puesto de los dulces la mujer corrió detrás de mí para decir que se había equivocado y me devolvió el dinero sobrante. Yo no me hubiera dado cuenta, y para la mujer habría sido seguramente un dinero muy bienvenido. Yo, un turista que le sobra el dinero, y ella una mujer que ciertamente no le sobra nada).
La segunda impresión: son todos muy patriotas. Son extremamente orgullosos de su país y veneran mucho a sus exponentes: el Pibe, la Shakira, el Montoya, el Gabo naturalmente etc… Y los que más admiran son los que, aún siendo famosos, siguen siendo «sencillos», cercanos a la gente.
Todos te cuentan lo maravilloso que es este país, pero casi todos te dicen después de un rato que en este país hay un revés de la medalla muy negro: mucha pobreza. Respetan el gobierno actual; todos los que me han hablado de este tema dicen que Uribe hizo una obra buena con la lucha contra la violencia, pero no encontré ningún aficionado del jefe de Estado. Lo respetan pero no lo quieren. Y hay bastante desconfianza hacía los políticos y otros dirigentes en general. Y a veces una cierta ira: ’los superricos piensan que se van a morir si sólo tienen que ceder un poquito de su riqueza a los pobres, me dijo alguien’. Yo creo que la situación no puede consolidarse mientras haya tanta desigualdad, creo que mucha gente es muy descontenta en este aspecto.
Para mi fue una estancia muy agradable. Estuve la primera vez hace cinco años en Colombia y quedé sorprendido de lo agradable que era la capital. Conozco varias grandes ciudades en Latinoamérica y en otros continentes y no existen tantas donde me sentía tan seguro caminando solo o acompañado, de día y de noche. Yo odio ciudades donde solamente me puedo mover sin peligro en taxi (y a veces ni los taxis son seguros). Bogotá es una ciudad agradable, ordenada, limpia y segura (de lo cual existen muchas dudas para alguien que solamente tiene sus conocimientos de lo que se escribe en la prensa. Y últimamente llegan menos noticias malas, pero una fama se deteriora muy rápidamente y se arregla muy lentamente).
El precio que se paga para la seguridad es la omnipresencia del militar, de la policía y de los múlTiples agentes de seguridad privados. Colombia parece a veces un país en guerra. Puede ser que la presencia maciza de las fuerzas armadas influya confianza a la gente, para el visitante que viene de fuera es como una amenaza constante: se siente el volcán debajo de los pies. Para hacer justicia hay que decir que la mayoría de los armados son bien educados y corteses. Cosa agradable – suele haber generalmente entre esa gente tantos que se hinchan horriblemente cuando disponen de un arma que les da un poquito de poder-.
¿Qué me queda por mencionar? Lo bien que mi viaje estaba preparado, lo agradable que han sido prácticamente todos mis acompañantes, lo bonito que es el paisaje. Los hoteles son buenos, más o menos estándar internacional, pero los precios lo son también, sobre todo si se comparan con el nivel de vida de los habitantes. Es otro índice para la zanja enorme que separa la población en este país.
Para terminar: Cartagena es insuperable. Es una ciudad bellísima, conservada y reconstruida con un gusto y un cariño extraordinario sin hacer de ella un museo estéril (por el momento, naturalmente existe el peligro, como en todas las situaciones comparables, que el dinero expulse la «vida sencilla» del centro). Algo molesto son los «huitres» que se lanzan a los turistas, en algunos lugares casi te descuartizan para meterte en un restaurante donde luego cobran unos precios inverosímiles para una comida mediocre. Pero, hablando de la comida: en general es rica.
Tengo muy buenos recuerdos de Colombia, encontré muchas personas de lo más agradables y amistosos, volveré con mucho gusto, y deseo que este país encuentre el camino hacía más estabilidad y justicia. Lo merece el pueblo.